A través del mate de calabaza —tosco, poroso, imperfecto— y de paisajes donde el viento talla la piedra y el adobe, estas imágenes celebran una belleza áspera y esencial.
En la alta puna, donde el sol parte la tierra y las casas se funden con el cerro, la identidad persiste: no pulida, no higiénica, sino profundamente real.
Desde el más humilde al más opulento, el argentino que toma mate en calabaza sostiene un pequeño acto de rebeldía: elige lo orgánico, lo ancestral, lo salvaje.
Esta muestra es un homenaje a ese hilo invisible que nos ancla al polvo, al fruto, al fuego.
En la alta puna, donde el sol parte la tierra y las casas se funden con el cerro, la identidad persiste: no pulida, no higiénica, sino profundamente real.
Desde el más humilde al más opulento, el argentino que toma mate en calabaza sostiene un pequeño acto de rebeldía: elige lo orgánico, lo ancestral, lo salvaje.
Esta muestra es un homenaje a ese hilo invisible que nos ancla al polvo, al fruto, al fuego.